Carl Rogers, uno de los psicólogos humanistas más relevantes del siglo pasado, decía que a las personas nos mueven dos grandes necesidades: ser parte de un grupo y autodesarrollarnos. El buen trabajo consigue ambos objetivos: por un lado, nos sentimos parte de un proyecto, de un equipo o de un propósito; y por otro, nos ofrece un camino para el aprendizaje y el desarrollo.

Cuando lo leí por primera vez, hace ya muchos años, comprendí por qué mi madre, que en rigor no necesitaba trabajar, siguió activa hasta los 75 años. Hoy, por mi trabajo me relaciono con muchas personas jubiladas que quieren seguir vigentes y así me he convencido aún más de que buscan sentirse útiles, capaces, necesarias, autosuficientes y pertenecientes a una sociedad activamente económica y ¿cómo no? Si según el último Censo un 11,4% de la población tiene más de 65 años, una cifra que seguramente ya ha aumentado.

Además, el Ministerio de Desarrollo Social y Familia, junto al SENAMA, acaban de presentar una radiografía del adulto mayor que calcula que para 2050 las personas mayores representarán un 31,6% de la población del país, ¿qué harán todas esas personas? La mayoría de ellos no quiere, ni puede dedicarse sólo a cuidar nietos.

Sabemos que actualmente uno de cada cuatro jubilados está empleado y más del 57% de ellos lo hace por cuenta propia. Esto nos muestra dos cosas. Primero, que están aplicando su experiencia adquirida a lo largo de los años para poder continuar activos con negocios o servicios propios, lo que les otorga una mejor calidad de vida. Segundo, a diferencia de los años 80 y 90, cuando la gente se jubilaba sin tener un plan, actualmente es necesario contar con una orientación y acompañamiento que ayuden a este grupo a divisar las alternativas que surgen y el aporte que ellos pueden entregar.

Obviamente también existe un grupo de adultos mayores que debe seguir trabajando más bien por necesidad. Este es un tema más que contingente, a propósito de la discusión de la ley de pensiones, pero mientras eso no se resuelva, las personas que trabajan después de jubilarse son cada vez más.

Ya sea por querer mantenerse activos o porque la carga financiera no les permite aún descansar, continuar en el mundo laboral requiere imperiosamente reconocer los talentos, fortalezas y debilidades, para así visualizar en qué tipo de actividad se puede generar más valor. Aún para quien no lo buscó, sería más llevadera esta etapa, si se dedica a algo que le genera más satisfacción.

Pero hay que poner atención, porque no necesariamente tiene que ver con lo que se ha hecho toda la vida. La mayoría de las veces son las habilidades aprendidas y las competencias personales arraigadas las que ayudan a encontrar el camino a seguir.

Felizmente, he detectado que las grandes empresas están tomando conciencia de este fenómeno y muchas entregan a sus empleados la opción de planificar con antelación lo que podríamos llamar un ‘tercer tiempo laboral’.

Ellas han entendido que la responsabilidad social que tienen con sus empleados va mucho más allá del sueldo mensual. Es el vínculo y el reconocimiento lo que realmente marca la diferencia. Una decisión que debería servir de ejemplo para el resto de la industria.

Sea cual sea el destino laboral que se escoja, lo importante es sentirse cómodo, así lo pensaba mi madre y fue muy feliz en su trabajo. Se retiró cuando sintió que quería hacerlo y no cuando fue una imposición.

Columna de Carla Fuenzalida, Directora Ejecutiva de Lukkap Chile
Publicada en Diario Financiero el 19-02-20